El SJM ARU en su Oficina CABA crea “Proyecto Sembrar” para ayudar a emprendedores migrantes

El Proyecto Sembrar, surge como una alternativa para ayudar a las personas migrantes que se han visto en la dificultad de conseguir empleo en el país de acogida, y que, a consecuencia de ello, han tenido la necesidad de convertirse en emprendedores.

Dicho proyecto, fue creado por la oficina de CABA, y se hizo posible gracias a la ayuda y financiación de los jesuitas de Alemania y Austria.

“Sembrar” forma parte de una fuente de financiación de Capital Semilla, que posibilita a través del aporte inicial de un monto en efectivo (sin retorno), la inversión en materias primas o insumos activos para mejorar la capacidad de producción de los negocios emergentes.

¿Cuál es el propósito?  

  • Impulsar ideas de negocio que estén en la capacidad de convertirse en potenciales emprendimientos y que puedan contribuir a mejorar los medios de vida de la población de interés.  
  • Fortalecer emprendimientos en marcha que contribuyen a la generación de ingresos de la población acompañada.
  • Posibilitar medidas de integración socioeconómica en el territorio de acogida. 
  • Asignar fuentes de financiación a población migrante y refugiada en la capacidad de ser invertida en modelos de negocio sostenibles. 

Además de la ayuda financiera, el SJM ARU, específicamente la oficina de CABA, se dedica a  acompañar a los emprendedores migrantes,mediante talleres de formación continua que los ayuden a identificar las variables de crecimiento para sus emprendimientos.

En la primera fase de ejecución, fueron  entregados  apoyos económicos para 10 emprendimientos, que permitieron a las personas acceder a materias primas, maquinarias  y otros implementos  para el fortalecimiento de sus medios de vida.

En la actualidad estamos en la segunda etapa de ejecución , para beneficiar  a más emprendedores.

Para saber más: Ir a Proyecto Sembrar

 

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Alertas tempranas: las visiones de Uruguay como destino migratorio entre la población venezolana en tránsito

Migrantes en tránsito a Uruguay

En las últimas semanas, hemos acompañado varios casos de personas venezolanas que, viajando en grupo familiar o solas, vienen describiendo un itinerario que va desde Perú (donde vivieron un tiempo, variable de acuerdo al caso) y tiene como destino Uruguay. La ruta de su trayecto hasta ese país viene desde Bolivia y pasa por Argentina, y muchas veces incluye la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). 

Las razones para esta estación en CABA pueden ser variadas: su cercanía con Montevideo (capital uruguaya); la posibilidad de llegar a un lugar con mayores probabilidades de conseguir recursos para continuar el trayecto; o quizás alguna expectativa sobre la presencia de organizaciones con capacidad de ayudar y acompañar la finalización de la travesía migratoria. Sin embargo, CABA no es necesariamente más cercana a los puntos terrestres que han estado habilitados en Uruguay para el paso fronterizo. Y en la ciudad aún se sienten los efectos sociales y económicos de la pandemia del COVID-19, así como de las medidas de restricción de movilidad y cese de actividades que las autoridades dispusieron en su momento. Esto último, se traduce en que no sea necesariamente más sencillo ni sostenible llevar a cabo una fase de acumulación de recursos (por muy pocos que sean) para continuar el viaje.  

Aunado a lo anterior se suma otro factor. Si bien los esfuerzos de coordinación han sido apreciables y mucho se ha avanzado, sigue siendo un desafío para las organizaciones que trabajamos en el acompañamiento a personas migrantes y refugiadas juntar esfuerzos a nivel micro, del caso por caso o de la atención particular. Aún más, sigue siendo un desafío el diseño e implementación de estrategias conjuntas de atención, adaptables a las necesidades de respuesta ante situaciones emergentes y complejas. Esto último es relevante si se toma en cuenta la creciente desprotección, vulnerabilización y, en resumidas cuentas, discriminación, de la que vienen siendo objeto las personas en situación de movilidad, especialmente las de origen venezolano que se encuentran en tránsito en América del Sur.

Por otra parte, es de notar la forma en que Uruguay se ha configurado como destino deseable para algunas personas venezolanas que vienen describiendo trayectos migratorios terrestres, casi siempre en condiciones bastante precarias. Ha emergido una visión sobre la política migratoria de ese país que tiene dos ejes. Por una parte, una circulación de información de Uruguay como lugar de oportunidades así como de país que ofrece facilidades de ingreso y regularización migratoria. Esto ocurre principalmente a través de redes informales de migrantes (grupos de Facebook o de WhatsApp, conversaciones en encuentros casuales durante el trayecto, etc.). Así, las personas que han llegado hasta nuestra sede relatan historias de un conocido o familiar (no siempre cercano) que ya llegó, que no tuvo problemas para ingresar, que les dice que hay personas u organizaciones que le ayudaron una vez en territorio uruguayo, y que ya tiene resueltos los primeros pasos de inserción sociolaboral.

Sobre esta cuestión, es pertinente advertir la brecha que puede existir entre la realidad concreta y la información que circula por redes informales. Sobre todo con respecto a visiones construidas a partir de generalizaciones de algunas experiencias particulares. También, de la circulación de una visión del Uruguay como destino migratorio reconstruida desde las altas expectativas -sin lugar a dudas legítimas- de personas que vienen atravesando, en su trayecto migratorio, situaciones desesperadas y experiencias de desprotección o vulneración traumáticas. Esto cobra especial importancia cuando se aprecia, como se ha evidenciado en las entrevistas de las personas que atendemos, que el destino uruguayo es relatado en unos términos de idealización casi romantizados o idílicos.

No está demás acotar: el problema acá no es que las personas migrantes y refugiadas construyan y promuevan visiones más o menos adecuadas a las realidades concretas. El problema es sopesar en qué medida ese fenómeno puede llevar a tránsitos migratorios desinformados, inseguros, a cruces fronterizos no registrados (con todas las consecuencias de vulnerabilización que ello representa para quienes migran o huyen) y, en última instancia, trayectorias migratorias con menos condiciones de llegar a ser sostenibles.  

Otro factor que ha propiciado la instalación de Uruguay como destino entre la población venezolana en tránsito terrestre reciente, es la referencia a unas declaraciones que habría proferido el actual presidente uruguayo, Luis Lacalle Pou. En medios de comunicación se encuentran alocuciones y entrevistas donde el mandatario expone su intención de flexibilizar los criterios de ingreso migratorio y residencia, en el marco de lo que sería un plan para paliar el estancamiento demográfico de la población uruguaya. Incluso, se encuentran citas donde habría descrito al Uruguay como “un país de brazos abiertos para países que están expulsando a su gente, venezolanos, cubanos y de otros lugares…” (BBC, 20 de enero de 2020). 

Ciertamente, el hecho de que un presidente realice expresiones de intención de este tipo puede reflejar una voluntad política (y quizás, un consenso) de alto nivel susceptible de cristalizar en una política migratoria con todo, ya que la mayoría de las referencias encontradas son de cuando Lacalle Pou era presidente electo (aún no había asumido el cargo) y, además, previas a la irrupción de la pandemia del COVID-19, cabe preguntarse en qué medida aquellas declaraciones se han concretado efectivamente en una política migratoria de puertas abiertas, o por lo menos flexibilizada, y aún más, en qué medida esa política estaría diseñada desde una visión de derechos. Después de todo, una política demográfica sustentada en la atracción migratoria debería comprender un acompañamiento institucional que permita la consecución de proyectos de vida sostenibles y dignos para las personas migrantes y refugiadas. Y esto no solo para ser efectiva en tanto política pública sino además para que sea cónsona con una perspectiva de derechos: la atracción de población migrante y refugiada puede ser un objetivo de Gobierno legítimo, pero lleva consigo la responsabilidad de evitar, a toda costa, la aparición de discriminaciones (jurídica, social, laboral, económica y política) entre grupos poblacionales que ya de por sí se encuentran vulnerabilizados por las condiciones en que se viene produciendo su trayectoria migratoria y de refugio.

Por último, en tanto organización que trabaja por la protección de los derechos humanos de las personas en situación de movilidad, desde el SJM consideramos importante que el acompañamiento contemple la difusión de información confiable y, sobre todo, que sirva de herramienta para promover tránsitos seguros, protegidos y dignos. 

Manuel Ruiz.

Asesor Área de Incidencia Servicio Jesuita a Migrantes 

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“¿Cómo no voy a ser optimista, si creo en Dios?”

Cuando acusaban al padre Arrupe de ser “un optimista patológico”, él respondía:  “¿Cómo no voy a ser optimista, si creo en Dios?” 

 

Hoy, 5 de febrero, se cumplen 30 años de la pascua del padre Pedro Arrupe, sacerdote  jesuita que movido por su experiencia con personas refugiadas en las costas de  Indochina, llamó a la Compañía de Jesús a  fundar el Servicio Jesuita a Refugiados que  sería el padre luego de nuestro querido  Servicio Jesuita a Migrantes en toda  América Latina.  

No sabremos nunca con certeza lo que  experimentó el padre Arrupe en esas miradas  y rostros de tantas mujeres, niños/as y  hombres migrados de manera forzada para  sobrevivir. Él, que era un hombre con  experiencia de muchos otros rostros de dolor  aún tenía espacio para conmoverse. Vale  recordar que además de ser sacerdote, era médico y le toco estar y ser uno de los  primeros en asistir a las víctimas de la  bomba atómica de Hiroshima. Convirtió el  

Noviciado jesuita en Nagatsuka, a poco más de cuatro kilómetros del epicentro de la  explosión, en un verdadero hospital de campaña. Junto con los novicios jesuitas traían a las  víctimas y las intentaban curar mientras comenzaban a darse cuenta que esas heridas eran  distintas. Eran heridas que reaccionaba de manera diferente. Estábamos conociendo por  primera vez los efectos de la radiación en el cuerpo humano. 

Un hombre así, acostumbrado a vivir fuertes experiencias, décadas después, aún se seguía  dejando conmover. Y así lo hizo cuando se encontró cara a cara con los refugiados, esto  hizo que su creatividad continuara viva y pudiera seguir aportando a las personas espacios  de acompañamiento y sanación.  

Ojalá que hoy, recordando que hace 30 años despedíamos al padre Arrupe, podamos  también nosotros/as dar gracias por personas como él que nos rodean en nuestra vida,  trabajo y familia; y que su vida nos inspire a seguir dejándonos conmover por tantos rostros  de hermanos y hermanas nuestras, que nos enseñan a mantener viva la esperanza y la  creatividad. 

Julio Villavicencio, S.J.  

Director SJM ARU.

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